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Relato desde el circo Romano. | ||||
Es de noche en la Roma de los Césares. Aquí y allá, las antorchas que la iluminan se van apagando. Poco a poco, disminuyen los barullos de las fiestas, se extinguen conversas y risas. En la soberana metrópolis del mundo, todo es calma y todo es reposo. Despiertos en medio de las densas tinieblas, quedan apenas los mártires del Coliseo, orando y dándose coraje mutuamente. A veces la noche es borrascosa, el clima inhóspito, haciendo aún más horrorosa y dolorida aquella vigilia para la muerte. De repente, se oye el bramido de una fiera que hace eco en los lúgubres sótanos del gran circo. Rugido de animal hambriento, varios días privado de alimentos para que se lance más encarnizadamente sobre su víctima, en la hora del fatídico encuentro. Y el grito del tigre, del león, de la pantera o de la hiena repercute como un sacudón de terror en los cuerpos de los cristianos. Algunos lloran, con el miedo de que les faltará el coraje en el momento decisivo. Suplican a Dios, con toda el alma, fuerzas superabundantes para no cometer la peor de las infidelidades, para no abandonar la verdadera religión de Nuestro Señor Jesucristo. Sereno en medio de tanta aprensión, uno de los cautivos, ya entrado en la ancianidad, recorre las filas de prisioneros, dirigiendo a cada uno palabras de ánimo y de esperanza. Ciertamente se recuerda, en ese extremo de la vida, de aquella voz suave y paternal que conforme reza la tradición- un día, en su remota infancia, penetró en lo más íntimo de su ser: Dejad venir a Mí los pequeños, pues de ellos es el Reino de los Cielos. Ahora, imitando el Divino Redentor, promete a aquellos hermanos de Fé la misma bienaventuranza eterna. Poco a poco se van disipando las tinieblas, y la claridad de la mañana trae consigo el momento que marca la hora del sangriento suplicio. Los rugidos de las fieras se hacen más intensos y aterradores; las súplicas, más apremiantes y fervorosas. Suenan los clarines, anunciando la llegada del César. Se abren los calabozos, y los mártires son subidos al lugar de la inmolación. Al verlos, torpes y mal tratados, el pueblo pagano que repleta las graderías del Coliseo estalla en burlas e insultos. Libres de sus jaulas, fieras hambrientas se precipitan sobre las carnes de los cristianos. Excepto una. Dando prueba de la autenticidad de la Fé que profesa, aquel viejo cautivo detiene milagrosamente el león que se dirige hacia él. Abre sus grandes brazos y eleva hacia los cielos una extraordinaria súplica: Señor, así como el trigo es molido para transformarse en la Eucaristía, así esta fiera triture mi cuerpo, por Vos, ¡oh Mi Dios! Sólo entonces, desprendido de la misteriosa fuerza que lo mantenía, el animal se lanza sobre el mártir, despedazándolo. El héroe fue Ignacio de Antioquía, aquel que, siendo niño, fue acariciado por el Divino Maestro, recibiendo de El la promesa del Reino de los Cielos | ||||